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Los pueblos del valle leonés de Valdeón viven al pie de “la peña”, como llaman sus habitantes a los riscos de Picos de Europa. Los valdeoneses no entienden de ascensiones deportivas a torres, picos o cordales pero conocen todos sus recovecos por el valor de los pastos, la presencia del agua, la calidad de la madera, la caza o la dificultad de acceso a ciertos parajes. La capital de la comarca es Posada de Valdeón, el municipio que aporta más territorio al Parque Nacional de Picos de Europa de los diez incluidos en el espacio protegido. El agua de sus manantiales forma el río Cares y la célebre garganta de piedra, la Garganta Divina de los naturalistas románticos del siglo XIX, una auténtica joya geológica, fluvial y paisajística. Los hayedos de las zonas altas completan el importante corredor forestal de los bosques de Riaño y Sajambre, refugio de ciervos, lobos, urogallos y varias parejas de osos pardos. En sus límites emergen las cumbres más altas del Cornión y los Urrieles. Bermeja, Llambrión, el gran Torrecerredo y la esbelta Peña Santa son las estrellas en este magnífico universo de torres de piedra. Tantos valores naturales, ecológicos y culturales convierten al valle de Valdeón en un territorio de montaña repleto de tesoros por descubrir.

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Un buen punto de partida de ascensiones montañeras es Posada de Valdeón para conocer pintorescas poblaciones, majadas pastoriles, bosques y cumbres que constituyen el espacio natural y humano de Valdeón. Posada de Valdeón es el pueblo más animado del valle, tiene hoteles, restaurantes, un centro de información del parque nacional y en la plaza confluyen las dos carreteras que comunican el valle con el Alto Esla y el resto del mundo por los puertos de Panderruedas y Pandetrave. En la toponímia montañera, especialmente en Asturias y León, aparece el prefijo “pando” en el nombre de abundantes parajes. La expresión se refiere a una loma, hombro o terreno llano donde el monte crea collados, puertos o majadas dedicadas a pastos. En el centro de Posada hay que buscar las marcas del sendero PR-PN 3 en la calle que baja al puente del río Cares. Los galones blancos y amarillos están en los pegoyos de los hórreos y en las esquinas de las casas. Nada más atravesar el puente aparece un hito del sendero y encima de las laderas de pastos la formidable fortaleza de los Pambuches. La pirámide de la Torre del Friero parece inalcanzable en el otro lado del valle.

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El sendero PR-PN 3 sigue el Camino del Bustio cerca de la orilla del río Cares, pasa por un pequeño embalse y sale a la carretera del valle cerca del mirador del Tombo y Cordiñanes, un pequeño caserío que pertenece a Posada, junto a Los Llanos y Prada. La aldea tiene categoría de lugar y conserva interesantes muestras de arquitectura popular, con seis hórreos, una fuente de piedra y varias casas con solana. La ruta deja la carretera y el PR-PN 3 antes de llegar al mirador y sigue una cómoda vereda conocida como Paseo de Trasárbol. El sendero mantiene la altura durante un par de kilómetros y entra en el hayedo del Monte Corona. El musgo de las rocas y las raíces de los árboles centenarios convierten el paisaje en una isla de fantasía entre los enormes colosos de piedra. En el fondo del valle está la legendaria majada Corona, donde cuenta la tradición que don Pelayo fue coronado rey de Asturias después de vencer a los árabes en Covadonga. El bosque mixto de Corona combina robles, hayas, fresnos, nogales, arces, avellanos, castaños y los populares tilos que tanta fama han dado a los habitantes de Valdeón.

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El sendero salva los cortados de Los Cavidos y emprende la dura ascensión de la Canal de Capozo. El camino sube 1.100 metros de desnivel en menos de dos kilómetros. Los resaltes más empinados están al principio. En la vega del Verón del Corbo comienza un flanqueo por la derecha de una profunda canal que sube a la Pedriza Carbanal, un laberinto de llambrías y sumideros cársticos al pie de la cara sur de Peña Santa. El camino cambia de rumbo y sube a un pequeño collado situado al sur de la gran montaña, donde se encuentra el refugio de Vega Huerta. En la cabaña de piedra sale por la derecha la ruta que lleva a la cara noroeste por el paso de La Forcadona y por la izquierda el Camino del Burro, el itinerario habitual para acceder a la vertiente meridional de Peña Santa. En la salida del refugio hay que hacer un suave flanqueo ascendente por la falda de las Torres de Cotalbín y merodear un par de kilómetros entre los hoyos de Argüelles y del Collado Cimero. El horizonte azul del Cantábrico se asoma entre las cumbres calizas por un hueco de los Urrieles. En el collado del Burro comienza un largo descenso por la empinada Canal del Perro hasta el collado del Frade, en la cuerda que separa las comarcas de Sajambre y Valdeón. El camino gira a la izquierda, baja a la Vega de Llos y sigue el sendero del parque PR-PN 12 hacia Posada de Valdeón. El último punto conflictivo es el cruce de la fuente de Bustiello. El sendero se bifurca y hay que seguir la indicación de Soto de Valdeón y Posada de Valdeón.

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Tabernas es un mundo extraño de arena caliente agrietada y desmenuzada por el sol que se extiende en el centro de la provincia de Almería. Merece la pena ir a correr por el desierto más extenso de España y dejarse seducir por una deslumbrante combinación de cerros de arena, ramblas estremecedoras, laderas de aspecto lunar, torreones de colores en forma de chimeneas quebradizas y sugerentes relieves que muestran una cautivadora desolación vegetal. Un paisaje singular y sorprendente.

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Las tres mil horas de insolación anual que soporta el laberinto de ramblas y colinas pedregosas de Tabernas, unidas a las escasas precipitaciones, participan decisivamente en el modelado de un paisaje completamente desértico. Un mundo de sed y calor sometido a una erosión implacable que ha esculpido escenarios únicos utilizados en más de 300 películas, una de las últimas ha sido 800 balas, de producción española. En 1954, los encargados de buscar exteriores de cine para la floreciente industria cinematográfica americana descubrieron los singulares paisajes del desierto de Almería.

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El mismo año se levantó la replica de un rancho del far west y comenzó el rodaje de Ojo por ojo, el primer western que abrió a los directores de cine el camino del desierto, especialmente al innovador e ingenioso Sergio Leone. En la década de los sesenta se construyeron varios escenarios copiados de los poblados típicos de la época gloriosa de la “conquista del oeste”. La muerte tenía un precio, El bueno, el feo y el malo, Hasta que llegó su hora o Con la muerte en los talones son algunos de los spaghetti westerns más conocidos rodados en los desfiladeros ocres y blanquecinos de Tabernas, una tierra de atrevidas formas telúricas que fue declarada paraje natural en 1989 para conservar las construcciones geomorfológicas, únicas en Europa, y un singular medio ecológico.

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Las bad lands o “tierras malas” son un conjunto de geografías alucinantes y seductoras que apenas reciben 300 litros de precipitaciones anuales por metro cuadrado, y siempre son lluvias torrenciales en forma de riada devastadora que arrastra en unos instantes miles de toneladas de materiales al mar, sometiendo al territorio a un implacable proceso de erosión. Las rocas de Tabernas son areniscas de colores pardos y ocres, margas grises y conglomerados oscuros y negros de origen marino, con un elevado contenido en sodio que condiciona y limita la variedad de especies vegetales.

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Las plantas son los organismos que mejor han sabido adaptarse al reino del calor. La salicornia realiza la fotosíntesis durante la noche. Otros vegetales desarrollan hojas duras y pequeñas en forma de espinas o crecen con rapidez para completar el ciclo vital en poco tiempo. El sistema más agresivo es “robar” el agua a las raíces de otros matorrales.

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Las ramblas son los únicos parajes que conservan algo de humedad y son un extraordinario refugio para las especies vegetales en los abrasadores ambientes del desierto. Las gargantas de arena reúnen condiciones ecológicas particulares, completamente diferentes de los ecosistemas que dominan en el resto del territorio.

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El desierto de Tabernas muestra un ambiente extraño y sobrecogedor. Los distintos materiales geológicos que constituyen los valles blanquecinos y terrosos de Tabernas ofrecen distintas resistencias a la erosión, según la dureza de las rocas que los componen, y el paisaje es una sugerente exposición de torreones, cárcavas y chimeneas.

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Boca del Infierno, Corona de los Muertos, Casa del Duende…. las alturas del Valle de Hecho, donde las hayas salvajes de la Selva de Oza arañan los relieves glaciares de Guarrinza, fueron un centro de culto para los pueblos que habitaron esta zona de los Pirineos en el Neolítico. Un “valle sagrado” para enterrar a los muertos, implorar a los dioses, cuidar de las gentes, observar las estrellas y llenar las montañas de magia y misterio. El dolmen del Achar de Aguas Tuertas es uno de los megalitos diseminados por el valle, la entrada al reino de los duendes, y la salida. Una ventana abierta a todos los mundos.

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Los árboles son maravillosos, concentran los elementos de la naturaleza en la tierra donde sumergen las raíces, el agua que fluye por las ramas, el aire que esparce las semillas y el fuego que encierra la madera. El árbol es el eje central que canaliza las energías de la tierra, el punto que elige para crecer y lanzar sus tallos al infinito. En todos los bosques destacan ejemplares por el porte, la belleza, la ubicación o el mito que envuelve su historia, forjada en la mayoría de los casos por los pueblos que han adorado a los árboles desde tiempos remotos.

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El arroyo del Sestil de Maillo es un torrente de aguas de montaña en el madrileño puerto de Canencia donde se refugia un valiosos tropel de tejos, acebos y abedules entre los altivos pinares de la sierra. Los abedules son una belleza de esculturas forestales, especialmente en otoño y en invierno, cuando las luces producen altos contrastes en el bosque helado. Uno de los tejos es monumental, está catalogado en el listado de árboles singulares de la Comunidad de Madrid como Tejo de la Senda, está algo viejete porque es centenario y tiene muchas ramas rotas, pero es vetusto y honorable. En la orilla del arroyo hay más tejos, y en el bosque de pinos, y también hay un acebo alto y elegante con el hito de árbol monumental. Un paseo por las esculturas forestales del arroyo del Sestil de Maillo es armonía, sosiego, belleza y bienestar.

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El primer fin de semana de mayo se ha celebrado el CEEO 2015, Campeonato de España Escolar de Orientación, con carreras en La Gineta, Chinchilla y la ciudad de Albacete. Estuvimos animando a los escolares, donde se encontraban mis hijas entre los seleccionados de la Comunidad de Madrid, y mientras tanto hice algunas fotos en la carrera de relevos clásicos y relevos mixtos que comparto en el blog. Muchas felicidades a todos, campeones. Agradecer a la FEDO, FEMADO y todos los clubes que hacen posible que se celebren estas competiciones deportivas donde los jóvenes en edad escolar pueden disfrutar del deporte de la orientación, el compañerismo y la superación personal para conseguir estos intensos desafíos deportivos. La organización fantástica, tres días inolvidables para todos los chavales. Y muchas gracias a los monitores que han cuidado de nuestros hijos, especialmente por motivarles y tranquilizarles en los momentos de tensión y nerviosismo.

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Un día en Katmandú

Publicado: 26/04/2015 en Universal

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En el despuntar del día el cielo adquiría un resplandeciente tinte azul entre los tejados de madera tallada hace trescientos años. En las calles aparecían niños jugando, llorando y saltando como muñequitos que recobraban energía con la claridad de la mañana y comenzaban a vagabundear por el suelo frío y sucio. Detrás de montones de frutas y verduras las mujeres newari consumían cigarro tras cigarro desde el amanecer, improvisando pequeñas fogatas con la basura de la calle para desentumecer sus cuerpos arrugados y tensos en las primeras horas de la rutina diaria. Los vendedores de artesanía y de artículos típicos del país colocaban meticulosamente los puestos callejeros en los reflejos de los rayos del sol naciente. El primer calor del día eliminaba lentamente la humedad que había impregnado la ciudad durante la noche. En las entrañas más recónditas de las callejuelas sonaban timbres de bicicletas y flautas sopladas sin armonía. En los templos tenían lugar los primeros rituales sagrados, las primeras ofrendas, las primeras oraciones y súplicas. Eran los primeros pasos de un nuevo día que comenzaba en Durbare Square de Katmandú, la capital del Valle de las Sonrisas de Nepal.

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La concurrida plaza tenía la animación de todas las mañanas, olía a té caliente y chapatis. Sentado al sol dejaba enfriar el líquido marrón del vaso que me achicharraba los dedos y seguía con la mirada las maniobras de los mendigos que pedían unas rupias por las taras que la naturaleza les había concedido, unos por tener 24 dedos y otros por estar mutilados. También había falsos sadhus y santones adulterados vestidos con ropajes estrafalarios en busca de incrédulos, intentaban conseguir unas monedas de los visitantes despistados y de los turistas ansiosos de fotos exóticas y charlas místicas. En una esquina de la plaza un individuo de mirada nublada ofrecía change de moneda, hachís, alfombras, opio o un guía de montaña. Era buen momento para comprar o cambiar algo. La primera venta del día, el primer trapicheo, era símbolo de buena suerte y los pícaros vendedores eran benévolos en los regateos. En las calles de Katmandú era fácil dejarse embaucar por las fascinantes sensaciones de la vida cotidiana del pueblo nepalí y sin apenas darme cuenta me sumergía en el impalpable vacío de la inexistencia. El ambiente era cautivador. Las hiladoras y los alfareros trabajaban sonrientes, con alma mecánica y resignada pero felices por poder hacer el mismo oficio que sus padres y sus abuelos, y todos sus antepasados desde hace cinco siglos. Los acarreadores de mercancías recorrían infatigables la ciudad con descomunales pesos sobre la espalda colgados de la frente con una correa, abriéndose paso entre la multitud que caminaba perdida por los bazares y las callejuelas de la vieja ciudad. Los vendedores de hortalizas se apiñaban en las esquinas y las plazas. Las aceras y las fachadas se pintaban de colores, multitud de colores que brotaban de las mercancías y las ropas de los hombres, las mujeres y los niños de Katmandú. Colores rojos, naranjas, amarillos, dorados. Colores de vida y de ritmo, de esperanza. Colores repletos de sonidos, de voces, de músicas y susurros fundidos en el ambiente urbano más universal que había conocido hasta aquel momento en Asia.

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Para conseguir unas rupias comerciaba con tarros de miel que compraba en las montañas cercanas a Katmandú y luego vendía en las calles de la ciudad y la puerta de los hoteles. El lugar habitual para montar mi pequeño puesto callejero de botes de miel era la entrada de un hotel en Thamel, el barrio más políglota de la capital donde se daban cita personas de todo el mundo. En un lado tenía una simpática vendedora de rabanitos, zanahorias y otros tubérculos cultivados en los huertos del valle de Katmandú. La mujer hablaba poco pero no paraba de fumar cigarrillos caseros y bendecirme con el humo que se escapaba entre los tendones de sus dedos viejos y arrugados. En el otro lado estaba un chavalín que vendía cajitas de bálsamo de tigre y como no vendíamos mucho ninguno de los dos aprovechábamos el tiempo aprendiendo mutuamente la numeración en nuestros respectivos idiomas. Tal vez fuese por la edad, o porque era de Nepal, pero cuando el crío ya sabía contar hasta diez en castellano yo ni siquiera llegaba “de seguido” al cinco en nepalí. Un templo cercano desprendía una fragancia dulzona de incienso y flores marchitas y se fundía en el ambiente denso de las calles. Por la tarde me sentaba en un rincón solitario y tranquilo de una estupa debajo de la mirada serena e inagotable de Buda y sin prisas dejaba pasar el tiempo, contemplando las esculturas de bronce y piedra que adornaban el recinto blanco del santuario, representación terrenal de los cinco elementos, los cuatro elementos comunes de tierra, agua, aire y fuego y el quinto elemento, el éter que simboliza el Todo Universal y acoge todos los demás, representado en forma de llamita metálica resplandeciente en la punta más alta de la estupa, rematando el conjunto monumental y símbolo de los trece pasos sagrados que deben dar todos los lamas para conseguir la fusión definitiva con la llama eterna y universal. Recostado en un rincón seguía con la mirada a los fieles budistas dar vueltas alrededor de la cúpula sagrada entonando ohm mani padme hum, el mantra tibetano que recitaban en cada vuelta, un samsara eterno que les acercaba al equilibrio total, al Nirvana. Más tarde escalé los enormes escalones de una pagoda amiga que solía visitar casi todos los días para echar el último vistazo a las calles de Katmandú, un edificio anaranjado frente al templo de la Kumari, la única diosa viva de carne y hueso del mundo. Las pagodas son unos bonitos edificios escalonados de tejados superpuestos, siempre en número impar porque los pares traen la mala suerte, de origen nepalí que más tarde se extendieron por China y Japón. En el último escalón de la pagoda esperaba la puesta del sol, cuando los últimos vendedores recogían los bártulos y dejaban las calles solitarias, silenciosas y cubiertas de hojas de lechuga, papeles, plásticos y otros restos de un día de plena vida en la capital del último Valle de las Sonrisas de Nepal.

Sonrisas del mundo. Nepal.

Camino 14 El Camino de Santiago es una insinuación constante, la flechas amarillas aparecen por todas partes, cada año surgen nuevas rutas jacobeas y las que ya existen se mejoran, aumentan los servicios, se abren nuevos albergues y aparecen modernos andaderos o firmes renovados para facilitar el paso de los viajeros compostelanos. Los “caminos” de Santiago están más vivos que nunca y siempre es una experiencia inolvidable pasar unos días compartiendo la inercia de la flecha amarilla con peregrinos de medio mundo. La universalidad actual del Camino de Santiago hace que se den cita en las rutas jacobeas hombres y mujeres de multitud de países y de todas las edades y pensamientos, uno de los grandes estímulos del viaje a la capital gallega, como entrar en una gran “red social” al aire libre y en vivo, seguir la flecha y recibir todo tipo de sensaciones, en soledad, con amigos, rodeados de un grupo de coreanos o sumergidos en una calleja pastoril gallega con una pareja de jubilados de Boston o cuatro cicloturistas de Santander. Camino 1 La primera vez que estuve en el Camino de Santiago fue el Camino Francés en bicicleta a principios de los años noventa. En aquel viaje con mi hermano y un amigo surgió la primera guía que he escrito de la ruta jacobea. En las últimas décadas he vuelto varias veces a pie o en bicicleta en busca de las flechas amarillas, unas veces por trabajo, para escribir artículos para revistas, actualizar las guías o realizar alguna nueva, como el Camino del Norte, o por el placer de pasar unos días con la familia o los amigos en alguno de los itinerarios que llevan a la catedral de Santiago. Llegar al final del camino es muy agradable, pero realmente la mayor satisfacción es “hacer camino”. La última inquietud peregrina ha sido recorrer el Camino de Madrid en bicicleta hasta Sahagún, desde la puerta de casa, como los peregrinos tradicionales, y conectar allí con el Camino Francés hasta Santiago, recopilando experiencias para una nueva guía que saldrá a la calle en los próximos meses. Camino 2 La tarde anterior a la partida visité la oficina de la Asociación de los Amigos del Camino, en el centro de Madrid, para recoger la credencial y obtener información sobre los albergues, y por la mañana temprano recorría el carril bici de la Casa de Campo al barrio de Fuencarral, donde había quedado con los compañeros de viaje, en el crucero del cementerio, instalado en 2013 al lado de un monolito de piedra que tiene grabados los kilómetros que quedan a Santiago (665). Las flechas amarillas oficiales del Camino de Madrid parten de la iglesia de Santiago, cerca del Palacio Real y la catedral de la Almudena, recorren el centro de la capital y buscan la plaza de Castilla por la calle Bravo Murillo, siguen las calles del barrio de Begoña y salen del conjunto urbano por la valla del cementerio de Fuencarral. En nuestro caso usamos el trazado del Anillo Verde Ciclista para llegar al punto de encuentro. El lejano y ondulado horizonte de la sierra de Guadarrama era la primera frontera y también un conmovedor estímulo que anunciaba unos días de vida cicloturista, un estilo de viaje que requiere algo de preparación física, motivación emocional para disfrutar la rutina cotidiana al aire libre y ganas de aventuras e incertidumbre. Camino 3 La señalización del Camino de Madrid es buena, aparecen hitos y flechas en los cruces complicados. En algunos lugares también anuncian las variantes recomendables para cicloturistas. El primero está en la desmantelada estación ferroviaria de Valdelatas. El recorrido a pie va por la izquierda, pegado a la valla del Pardo, y los ciclistas deben seguir las flechas por la derecha de la vía del tren hasta una puerta cerrada del Monte del Pardo, donde se unifica de nuevo el trazado en la vereda del Canal de Isabel II y un tramo del carril bici en Tres Cantos, que cuenta con el primer albergue de la ruta. El Camino de Madrid discurre en gran parte por firmes de tierra pero no es necesario tener un nivel técnico alto para seguir fielmente las flechas amarillas, aunque es recomendable tener soltura y destreza en senderos, sobre todo en la primera etapa hasta Segovia. Y sobre todo ajustar muy bien los portabultos para evitar roturas en los anclajes. El primer traqueteo serio que pone a prueba el equipo es la travesía del arroyo de Tejada, que se vadea en once ocasiones, antes de subir a Colmenar Viejo. Y si ha resistido, el remate es la “trialera” de la Cañada de los Gallegos, entre Colmenar y el puente romano del Batán. La calidad ambiental de este tramo desaconseja buscar cualquier alternativa de mejor ciclabilidad. Camino 4 El trazado jacobeo sigue las cañadas reales más notables de la sierra de Guadarrama por Manzanares, El Bolao, Matalpino y Navacerrada hasta Cercedilla. Entre Matalpino y el pueblo de Navacerrada hay un tramo de sendero difícil para rodear la urbanización Vista Real y después un repecho “no ciclable” en la portilla de la Angostura. La opción cómoda es conectar con la M-607 en la rotonda de Becerril y seguir la carretera hasta Navacerrada. El repecho en las calles de Navacerrada es terrorífico y también hay un paso complicado en bici a la altura del hotel Arcipreste de Hita para salvar el cruce de la carretera del puerto de Navacerrada y pasar por la derecha del restaurante Fonda Real, donde están las señales que bajan a Cercedilla, antigua mansio romana en la vía XXIV del Itinerario de Antonino, una de las grandes calzadas romanas peninsulares. El Camino de Madrid sigue las flechas amarillas por el paraje de las Dehesas, en el valle de la Fuenfría, deja de nuevo el trazado pedestre de la ruta jacobea, que sigue el empedrado no ciclable de la vieja calzada romana, y salta la sierra de Guadarrama por la Carretera de la República y el puerto de la Fuenfría, con señales y monumentos conmemorativos del camino jacobeo. La traza principal del Camino de Madrid desciende de la sierra por la calzada romana, aceptable en bicicleta y recomendable para conocer los restos de la antigua casa de postas de Casarás. Las flechas amarillas dirigen al viajero jacobeo por la antigua vía de los romanos, convertida en Cañada de los Gallegos durante la época gloriosa de la Mesta, pasan por el panorámico paraje de la Cruz de la Gallega y bajan a Segovia, maravilla monumental en la orilla del río Eresma. El albergue está en Zamarramala, al final de un pequeño repecho en las afueras de la ciudad. Llegamos de noche y felices por completar una gran jornada cicloturista. Estamos solos, como en casa, y cuando preguntamos el precio ni siquiera admiten la voluntad, “ni se os ocurra dejar dinero”, contesta el encargado. Camino 5 La etapa reina del Camino de Madrid deja huella por los paisajes de la sierra de Guadarrama y por el cansancio en las piernas. Un buen desayuno en el bar de la plaza, el único lugar disponible en Zamarramala en estas fechas, y salimos en busca de nuevos paisajes. A partir de aquí no conocía el recorrido y ha sido un auténtico descubrimiento para el cicloturismo, con muchos más contrastes y sorpresas ambientales y monumentales de las que esperaba. El paisaje sereno y amable de la Campiña segoviana se impone enseguida, nada más salir de Zamarramala, horizontes castellanos por los cuatro costados y caminos de parcelaria sin desniveles notables que dejan pedalear a buen ritmo. Pasamos Los Huertos y entramos en un tramo de la Vía Verde del Eresma, muy poquito, y me sorprende que los promotores del Camino de Madrid no aprovechen el viejo ferrocarril para “meter” más ruta jacobea, claro que entonces no pasaría por Santa María La Real de Nieva, que cuenta con albergue y la iglesia gótica de Nuestra Señora de Soterraña, la joya monumental de la comarca, especialmente el claustro, con capiteles muy chulos que expresan en piedra la vida y las costumbres populares. Camino 6 “Para llevar la bici del ramal, como si fuese un burro, es mejor ir por la carretera”, nos recomienda un vecino de Nieva cuando preguntamos por el estado del firme del camino en los pinares segovianos. Probamos el tramo entre Nieva y Nava de la Asunción y las bicicletas se atascan en varios lugares, tenía razón el paisano. No es cuestión de técnica o fuerza, los caminos son de arena muy blanda y las ruedas se hunden por encima de las llantas durante muchos kilómetros, en toda la comarca de Tierra de Pinares donde el Camino de Madrid recorre los pinares resineros. A pie es duro pero en bicicleta es imposible. Una opción cicloturista sería recuperar el tramo silvestre del antiguo ferrocarril del Eresma, pues la vía verde acondicionada termina en la antigua estación de Yanguas del Eresma. En Coca visitamos las murallas romanas y el castillo mudéjar y desistimos de seguir el itinerario de las flechas amarillas, prácticamente inciclable durante unos 20 kilómetros. La variante más cómoda y directa a partir de Coca para evitar los arenales del pinar resinero es seguir las carreteras locales por Fuente el Olmo de Iscar, Villaverde de Iscar, Pedraja de San Esteban y Alcazarén. Entre Alcazarén y Valdestillas quedan más arenales, hasta el histórico puente de Sieteiglesias, pero salvo en temporada de lluvias se pueden hacer bien sin bajar de la bicicleta. El Camino de Madrid sale de Valdestillas por el puente del río Adaja, con restos romanos, y sigue la carretera sin hacer caso de unas flechas en la cuneta derecha, pintadas antes de la construcción de la nueva línea de ferrocarril de Valladolid. La ruta pasa el puente del tren de alta velocidad y entra en un andadero de firme malo para la bici, acondicionado en la cuneta izquierda hasta Puente Duero. En bicicleta es cuestión de gusto o estado de ánimo circular por el camino o el asfalto. La carretera tiene poco tráfico y una opción es hacer la primera parte por la carretera, que es subida hasta el Alto del Montico, y entrar en el carril durante la bajada. Camino 7 Puente Duero tiene albergue de peregrinos, puente monumental, unos bonitos jardines, es paso del Camino Natural del Duero y en las afueras está el desvío del Camino de Madrid que lleva a la ciudad de Valladolid. Nosotros llegamos al atardecer y a punto estuvimos de terminar aquí la jornada, pero decidimos continuar hasta el siguiente albergue en Ciguñuela, después de Simancas. Para no caer en la trampa de los arenales del último pinar usamos el carril bici que sale de Puente Duero a Simancas. En Badorroyo conectamos de nuevo con el itinerario oficial de las flechas amarillas que pasa por el puente medieval del Pisuerga y sube a los principales hitos artísticos y monumentales de Simancas. Las flechas amarillas pasan por la entrada del Archivo General, salvan la autovía por un túnel peatonal y llevan al pueblo de Ciguñuela, donde fuimos recibidos de maravilla al anochecer. Otra noche solos y como en casa, cena en el mesón la Mielga y fin de la segunda jornada cicloperegrina. Camino 8 En la tercer etapa de nuestra particular aventura jacobea en bicicleta por el Camino de Madrid a Santiago nos esperaba una esquina de la comarca vallisoletana de Montes Torozos y la infinita llanura esteparia de Tierra de Campos, un buen territorio para mantener la media de cien kilómetros diarios, somos gente activa y estamos poco tiempo parados, no lo podemos evitar. En el mapa de la comarca aparecían pueblos de gran peso histórico, etnográfico y monumental, como Peñaflor de Hornija, Medina de Rioseco, Villalón de Campos o Santervás de Campos y su elegante iglesia mudéjar, cuna de Ponce de León, descubridor y explorador de Florida, un itinerario tremendamente sugerente adornado con curiosas esculturas peregrinas de hierro en la salida de Ciguñuela. En Wamba vimos la estatua del rey visigodo del mismo nombre y en Pañaflor de Hornija nos enfrentamos con el repecho más empinado del día, para bajar una escalonada calzada de piedra en el otro lado del pueblo. Pasamos el desvío del Monasterio de la Santa Espina, por una espina de la corona de Cristo que guarda en un relicario, y pasamos pueblos muy tranquilos donde la tienda, la panadería, el bar y el resto de servicios locales están en el mismo establecimiento. Camino 9 El gran conjunto urbano, social y monumental de la etapa es Medina de Rioseco, declarado Conjunto Histórico y uno de los legados patrimoniales más notables de Castilla y León. Paseamos por la calle Mayor, conocida como la Rúa, sellamos la credencial en Santa María y visitamos la dársena del Canal de Campos, el ramal del Canal de Castilla que termina en esta bulliciosa ciudad vallisoletana, donde vimos que existen tres variantes de la ruta jacobea pintadas con las flechas amarillas y sin dudarlo elegimos el camino de sirga del Canal de Castilla, para cambiar de ambiente durante unos kilómetros y viajar por una de las grandes obras de la ingeniería hidráulica peninsular. Otra opción sigue el trazado del tren desmantelado que comunicaba Medina de Rioseco y Palanquinos. Y la tercera variante mantiene el estilo mesteño y el uso de caminos históricos que predomina desde el inicio del Camino de Madrid en las afueras de la capital y sigue la Cañada Real Leonesa Occidental hasta Berrueces. Camino 10 El Canal de Campos cambia de dirección en la esclusa siete y las flechas amarillas salen de nuevo a la plácida desolación de Tierra de Campos, pasan Tamariz, Moral de la Reina, Cuenca de Campos y recorren un tramo del Tren de la Burra, nombre coloquial del antiguo tren de Medina por la lentitud que llevaba. Villalón de Campos es otra fantasía monumental en la gran estepa, con un rollo gótico del siglo XVI, considerado de los mejores de España. En este tramo aparecen cruces de caminos de parcelaria sin ninguna señal jacobea, seguramente han desaparecido durante los trabajos agrícolas de los campesinos locales. La dirección mantiene siempre el norte y es evidente, recorre el caserío de Fontihoyuelo y lleva a Santervás de Campos, un buen lugar para terminar la jornada antes de conectar con el Camino Francés, con albergue pintoresco, buena acogida y varias curiosidades locales. La iglesia es una magnífica construcción religiosa del mudéjar castellano, con tres ábsides románicos del siglo XII y varias reliquias en el interior. Una vez instalados en el albergue la mujer del alcalde se ofreció de guía local y nos enseñó el templo mientras hablaba de la vida del pueblo, de las viejas y nuevas costumbres y del hijo predilecto del lugar, Juan Ponce de León, descubridor de Florida y gobernador de Puerto Rico. En la despedida agradecimos su dedicación y nos pidió que al llegar a Santiago rogásemos al Apóstol para que el Camino de Madrid se divulgue y Santervás de Campos reciba muchos visitantes. Camino 11 En el albergue de Santervás coincidimos con el primer peregrino jacobeo del viaje, llevaba doce días a pie desde Madrid, por la mañana le alcanzamos antes de llegar a Grajal de Campos, compartimos un instante de complicidad peregrina al lado de unos manzanos silvestres y no le volvimos a ver. En Sahagún termina el Camino de Madrid. El viaje jacobeo hasta el santuario compostelano y el finis terrae medieval sigue el Camino Francés, la vía principal del Camino de Santiago, y también termina la tranquilidad de los albergues, la soledad de los caminos y la sensación de querer agradar al peregrino jacobeo que despertamos en los habitantes de los pueblos de Segovia, Valladolid y Palencia por donde pasa el Camino de Madrid, un “Camino de Santiago” donde he notado la hospitalidad sincera y generosa que sentía en los primeros viajes por el Camino Francés en los años noventa, sin olvidar que estamos en el siglo XXI y al margen de los motivos religiosos, espirituales o deportivos es un acontecimiento turístico, social y cultural de primer orden y todos buscamos nuestro camino en la catarsis jacobea, porque efectivamente el Camino de Santiago está más vivo que nunca. Camino 12

Ultreia

Camino 13

Camino de Madrid a Santiago en BTT

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